EDITORIAL INFOHUERTAS No.21: 

 
 

ENSEÑAR A MENTIR

 

FRENTE, PERFIL Y DORSO DE LA VISIÓN ARGENTINA

Qué país! ¡Qué país! ¡No me explico por qué nos despelotamos tanto... si éramos multimillonarios!
Usted iba y tiraba un granito de maíz y ¡paf !, le crecían diez
hectáreas...
Sembraba una semillita de trigo y ¡ñácate!, una cosecha que había
que tirar la mitad al río porque no teníamos dónde meterla...
Compraba una vaquita, la dejaba sola en el medio del campo y al año
se le formaba un harén de vacas...
Créame, lo malo de esta fertilidad es que una vez, hace años, un hijo
de puta sembró un almácigo de boludos y la plaga no la pudimos parar ni con DDT.

Aunque la verdad es que no me acuerdo si fue un hijo de puta que sembró un almácigo de boludos, o un boludo que sembró un almácigo de hijos de puta.

 Tato Bores, quien cumpliría 81 años el 05.12.2008

 

 

    

     Hacia fines de noviembre pasó por Buenos Aires el Dr Laborde, uno de los constructores de la horticultura moderna de Francia.  Invitado por el Centro de Estudios Sociales del INTA y con la colaboración de 5 al Día, expuso sus experiencias en tierras galas y también en territorio gaucho.  Para evitar herir sensibilidades locales sobre "el fracaso relativo" de las iniciativas desarrolladas en nuesto país, se remitió a elípticas e inteligentes reflexiones sobre la interpretación filosófica del gobierno italiano por parte de Michel Foucault y la visión de la cultura china de Francois Jullien.

 

     Resumió que las experiencias que compartió localmente para establecer parámetros comunes y mejoras sistemáticas en frutas y hortalizas argentinas para el mercado internacional eran excelentes a nivel de laboratorio (diagnóstico, propuesta de metodologías  para mejoras y seguimiento, normativas) pero que su ejecución distaba mucho del trabajo de laboratorio, pudiéndose esperar cualquier tipo de resultados, desde los más magníficos hasta los más espeluznantes o a veces los dos al mismo tiempo.

 

     Lejos de decirnos cosas nuevas que nos hubieran llenado de entusiasmo e inspiración, su muy correcta y diplomática pero dolorosamente transparente exposición nos lleva a pensar que  antes (o al menos al mismo tiempo) de querer invadir el mundo con nuestros productos, sería oportuno reflexionar más profundamente sobre nuestros modelos de gestión y la visión de las cosas que la inspira.  Convencidos de que los problemas agronómicos en la Argentina -como tantos otros- son más bien problemas de conducta social  y también filosóficos, nos sentimos provocados a reflexionar:

 

 

¿Con qué reglas jugamos los argentinos?

    El juego nacional no es el ajedrez, el fútbol (sin los dioses que nos presten su mano), ni tampoco el mecano.  Es el Truco, el juego del engaño: Nadie en el mundo juega al truco como nosotros.  Cuando uno quiere enseñar este juego de cartas divertido y entretenido, lo primero que se le dice al aprendiz es;  " mirá, se trata de que mientas más y mejor que tu contrincante y le ganes no por el valor de tus cartas ni tu capacidad de ordenarlas y jugarlas, sino básicamente por la habilidad para el engaño".  El valor de las cartas importa sólo como hardware, es decir, como el soporte material necesario para que puedas florearte con tus destrezas de engaño. Si se agregan jugadores y jugás en equipo, podés comunicarte con señas para que sólo tus pares sepan las cartas que tenés y así construir mejores estrategias."  Y mientras el maestro enseña al ingenuo novato, ya ser relame de cómo le va a ganar al menos las primeras partidas...

 

    A partir de esta regla, hay dos grupos de jugadores:  los jugadores un poco más honestos o tal vez inocentes que juegan bajo esta ley y según las demás reglas de juego; y los que comprenden la perversa esencia del mensaje, se profesionalizan y dan el salto cuántico: si mentir es lo que vale, también vale esconder cartas en la manga, traer cartas extra de la casa, marcar las cartas, mentir sobre mentido y ganar con todas las artes.  Este segundo grupo de jugadores compulsivos que debido a sus constantes éxitos termina ocupando las más codiciadas posiciones en los diferentes sistemas de juego, estudia al detalle los gestos del contrincante, y sabe que para ganar vale todo, aún estafar a su propia sombra.

 

¿Qué nos hace felices?

La felicidad del ganador es, bajo esta ley, haber sido el mejor defraudador y ganarse así y todo la admiración y el respeto de pares y contrincantes.  Y la felicidad del perdedor es discutir y exponer todos las habilidades que puso en juego y lamentarse que el ganador tuvo mejor suerte. Admirar al ganador por su grado de falsedad y traición que puso en juego Y tener una inexorable fe de que este juego siempre da revancha.

 

     Indudablemente este juego es apasionante y enseña de modo diabólico la ejercitación del pensamiento creativo. Lo desata, y lo deja libre.  Pero también le da todo el poder para que, una vez desatado, se haga dueño de todo nuestro ser y una vez desatado, someta a todos los  valores y rasgos de nuestra personalidad.

 

Enseñar a mentir

Antes de aprender la tabla del dos deberíamos aprender con cuanto se canta flor y cuánto vale la sota.  Enseñar a a mentir debería a ser materia obligatoria de la currícula argentina para el colegio primario.  Alrededor de la mentira deberían alinearse las demás materias:  en matemática aprenderíamos a calcular un círculo y a demostrar que es un cuadrado sin esquinas, ejercicio de argumentación que sería sumamente útil cuando en el futuro cruzaramos una luz de semáforo en rojo o nos encontramos ante un trámite burocrático.  En geografía aprenderíamos que los lagos son mar sin sal y las montañas simplemente valles que se dieron vuelta y pasaron al otro bando.  En historia ya aprendemos hoy día que todos los que quisieron hacer bien las cosas, terminaron mal y que los que las hicieron mal la pasaron bien, por lo que no necesitamos modificar demasiado esta materia.

 

Ya en el secundario, Hipocresía uno e Hipocresía dos serían la columna del ciclo básico.  Ladinismo sería tan importante para las ciencias humanísticas como lo es para las comerciales, a lo que se sumaría Letra Chica y Recontrachica, Documentos y Contradocumentos.

 

Con la pluma, con la espada y la palabra

  El motivo por el que somos tan verborrágicos y tenemos tan pocas oportunidades de reflexionar sobre las cosas, es que constantemente tratamos de reinterpretar y recodificar nuestra realidad empujados por nuestras conveniencias instantáneas y ponemos todos nuestros esfuerzos en expresarlas dramáticamente y con todos los recursos aliados que podamos agrupar en el momento, hasta hacer creer a los demás que hablamos desde nuestras más íntimas convicciones.  Y al minuto hacemos lo contrario, nuevamente convencidos de tener la verdad comprada o al menos, merecida. (Ejemplo: ley de intangibilidad de los depósitos, para no entrar en resbaladizos terrenos más cercanos en el tiempo).

 

     Pero con estas contribuciones  educativas en edad temprana, tendríamos menos traumas y dificultades para adaptarnos a la vida universitaria, ni que hablar para el ejercicio laboral y profesional o la práctica activa de nuestros derechos cívicos y  políticos.

Anualmente haríamos el concurso nacional del estudiante ejemplar para entregarle el Tero de Oro, (que por  supuesto sería de yeso) recordando que aquel ave hace alharaca en un lugar pero tiene su nido donde pone los huevos en un lugar muy diferente..  

 

Miénteme que me gusta

     Creemos que esto serían sinceros aportes para construir nuestra identidad de una manera más simple y sencilla y menos confusa que el modo en que lo hacemos actualmente, donde en cada momento nos encontramos desconcertados, golpeados, histéricos y enfermos por nuestras propias contradicciones, por las diferencias entre el debe y el haber, por creer más en el dice que en el hace, por no poder avanzar como si estuviéramos en medio de un infinito cangrejal;  acumulando detrás de una fachada de amabilidad una impresionante carga de tristeza, angustia y violencia social reprimida. Reconociendo y fortaleciendo nuestras conductas, seríamos mentirosos si, pero honestos; o honestamente mentirosos.

 

     El problema de transformar el juego de truco en vida cotidiana consiste en que se desdibujan todos los límites. Y si bien todo fluye en un constante proceso, como nos explicó Laborde en su presentación de la visión china de las cosas, hasta el río fluye por un cauce, por más que el cauce en algún momento pueda desbordarse, pero luego vuelve o dibuja uno distinto, pero no fluye un instante al este, luego al oeste, por la tarde al norte, después sorpresivamente desaparece para caer del cielo y dirigirse al sur, en actitudes creativas, graciosas tal vez, muy hábiles pero desconcertantes por su comportamiento contra natura.

 

      Para que nuestro juego de truco social funcione, necesita que seamos la mitad del tiempo imbéciles y la otra mitad  guanacos (con el perdón debido de estos inocentes animales y para no repetir las palabras del ilustre Tato Bores).  Este juego que tiene por suprema ley conquistar los espacios de poder a cualquier precio y aún sin propósitos, necesita que haya perdedores crónicos..  Algunos nos especializamos en ser imbéciles y otros en ser guanacos, y todos alguna vez nos vemos inducidos, seducidos o presionados a jugar  los dos roles al mismo tiempo. 

 

   En el proceso histórico que padecimos, el ladinismo se perfiló primero como útil para forjar riquezas lejos del rey, luego para echar a los ingleses con aceite hirviendo mientras las damas le sonreían al invasor en graciosas tertulias.  Fortalecido, el guanaquismo se perfiló como  constructor y vencedor, primero en unos partidos políticos que lo ejercitaban  de espaldas o a costillas del pueblo (en épocas que la Argentina era potencia y granero del mundo porque nadie se molestaba en censar las miserias); luego fue reglamentado y estructurado con fraudes democráticos para posteriormente ser masificado y finalmente se consagró como sistémico.  Tal vez su simiente ya haya estado desde la fundación de Buenos Aires o quien sabe si de antes aún.  Basta con tener idea de la amplia red de túneles que tiene la ciudad de Buenos Aires, construidos no con un criterio de seguridad nacional sino para promover el contrabando.

 

Esquizofrenia al cubo

     La sublime esquizofrenia que hemos cultivado en el Río de la Plata hace que no sólo fluctuemos entre diferentes personalidades a lo largo del tiempo, sino que tengamos la destreza de jugar con todas las personalidades en simultáneo.  En este creativo y superdinámico juego, el valor de las cartas es una construcción social que se manipula y las leyes no son normas, sino argumentos para desarrollar el juego.  Las ideologías son como los recitados en el truco, para cantar las mejores cartas de un modo más gracioso y elegante, para arrancarle un estado emocional (no importa demasiado cuál) a nuestro contrincante y de ese modo tenerlo secuestrado emocionalmente y tomarlo así mejor por asalto..  El Estado no es siquiera Juez o árbitro, sino el vehículo de poder que lleva a los jugadores más interesados, habilidosos y audaces y obliga a los demás a venerar su formalmente democrático juego.  Quien quiere hacerlo de otro modo dentro del mismo juego, lleva el sello de perdedor en la frente.

 

     Lo paradójico y trágico de nuestro juego es que se fagocita -y nos fagocita- constantemente.  El mejor momento económico puede ser en cualquier momento el desencadenante de la peor crisis; nunca podemos objetivamente saber quien gana y quien pierde, a duras penas podemos inventariar quienes van quedando en el camino. El jugador más poderoso termina siendo la mayor víctima del juego (¿se acuerdan de "Don Alfredo"?, para nombrar uno entre cientos).  Constantemente cada jugador se ve obligado a probar que él es el ancho de espada, constantemente debe concentrarse en reafirmar su dominio y no puede bajo ninguna circunstancia abrir el juego.  Es ley tácita que de todos modos nadie le cree a nadie, aunque se necesite creer para jugar.  Para eso se editan leyes nuevas todo el tiempo,  porque cada uno intenta redefinir el significado de las cartas a cada momento, a pesar de que todos los jugadores tienen recontra sabido que  la regla suprema del juego es decir en público que hay reglas, pero violarlas deliberadamente y con suprema elegancia o el más absoluto descaro.

 

Algunos de los mecanismos para redibujar el valor de las cartas son más probados s que otros, pero todos son relativos e igualmente válidos.  Igual que el cáncer que se expande incansable y rabioso hasta matarse, quien ostenta poder está obligado a reafirmarse hasta el exilio, la extinción o el ostracismo.  Basta ver la historia de los protagonistas más trascendentes de nuestra historia.  Quien construye poder en este escenario, sabe que, además de llevarse puesto el destino de los demás, está redactando su propia condena.

 

Un juego sin solución

     Soberbios seríamos si declamáramos tener las soluciones a este juego que por norma, no tiene solución posible.  Es el juego dominante y que en cualquier momento puede avasallar y fagocitar cualquier otro subsistema que pretenda construir una realidad diferente. Aún la crítica le es funcional, ya que es un reconocimiento velado a los jugadores más habilidosos quienes así tienen la oportunidad de declamar a viva voz que son constantemente vilipendiados..  Útiles y estimulantes son aquí también las palabras de Laborde cuando dice por un lado que el microcosmos de la frutihorticultura es un fractal del macrocosmos nacional; pero que por otra parte no hay indicios ciertos que que hubiéramos llegado al final de la historia; que lo que hoy parecen verdades absolutas, mañana pueden haberse transformado en paradigmas prehistóricos.

 

     Si a sus sabias y sutiles apreciaciones les agregamos estos comentarios tan extensos como aparentemente cínicos, es porque blanco sobre negro se aprecian mejor las sombras y los contrastes y aún los colores, y porque escribimos desde el dolor y la convicción de que tenemos dos alternativas: asumir éste como nuestro destino final y dejar de ilusionarnos o declarar la necesidad y los deseos de una Argentina que se recicle y regenere.  En este sentido y transpolando enfoques alternativos sobre el significado de la enfermedad para el ser humano, las situaciones más críticas son una exteriorización de nuestros desordenes internos y nos dan la posibilidad de recuperarnos y reparar nuestros tejidos  a partir del ejercicio de hábitos saludables y la construcción de vínculos psicológicos y sociales positivos. Y también, por qué no decirlo, un poco de paz espiritual.

 

 

Cambiemos el juego

 

     Creemos poder aportar algunos argumentos para fortalecer un diagnóstico.  Pero el  diagnóstico ha de ser construido colectivamente, no como una sofisticación de nuestro arte de lamentarnos, sino porque  somos un fenómeno social y en este contexto se construyen colectivamente los valores y las normas.

 

Diagnósticos compartidos

     En aquella reunión de hortelanos-filósofos con la que empezamos estas densas reflexiones,  también se manifestaba la necesidad de tener un diagnóstico más profundo y claro de cómo construimos realidad en nuestro país.

     Como un paciente que va al médico, una vez que avanzamos en un diagnóstico compartido, podremos reconocernos enfermos o ignorar lo que nos pasa.  Por el momento nuestro cuerpo social se ha especializado en ignorar los síntomas: o incluso jactarse de ellos: no hay muerte, asesinato, injusticia, violación o fraude que  conmocione lo suficiente como para decidir colectivamente un cambio de juego.  Para no tener que soportar diagnósticos incisivos, asumimos que quien  cuestiona nuestro modo de jugar es tanto o peor que nosotros mismos  y que además, lo hace con peores resultados.  Y sin reconocimiento, no hay cura posible.  Ni tratamiento efectivo.  Actuamos como un alcohólico, o un adicto al juego (de truco).

 

Prevención

    Una vez reconocidas y aceptadas nuestras debilidades podemos fortalecernos colectivamente.  La reflexión y la "autoayuda" pueden motivarnos y animarnos a transitar caminos diferentes.  Aún enfermos de truculencia podemos fortalecer nuestro propio organismo, mejorar su metabolismo y evitar constantes recaídas.

 

     Detectar los riesgos y peligros y construir sistemas de contención y para protegernos y proteger a los demás, es otro paso posible.  Votando siempre por las mismas conveniencias  no se pueden lograr resultados diferentes (parafraseando a Einstein), al igual que aceptando las listas sábanas nunca podemos dormir tranquilos.  Como algunos dicen que un porrito no les hace mal, también aceptamos compulsivamente como construcciones socialmente válidas frases como "alguien que roba  (o miente) pero hace", o que "usurpa un cargo pero es bueno o "lo hace por una causa justa".  Así como el alcohólico evita siquiera tocar la copa de vino, deberíamos prevenir colectivamente de situaciones que nos lleven a constantes recaídas.  Al igual que una persona con HIV debe usar preservativo para evitar los recontagios (ni hablar de contagiar a los demás), necesitamos evitar el fortalecimiento de las conductas suicidas y cortar su retroalimentación perniciosa.

 

Cable a tierra

     La energía que antes poníamos en hacer verborrágicas catarsis para explicar lo inexplicable de nuestras conductas, la podemos canalizar en poner un cable a tierra.  Así como un adicto se le aconseja trabajar con sus manos en una panadería o en la huerta, desplazando su foco del círculo vicioso, del mismo modo necesitamos construir ámbitos virtuosos.  Que no es lo mismo que ámbitos de virtuosos, es decir, asumimos que nuestro esfuerzo está puesto en transformarnos en portadores sanos de este gen argentino y no en una congregación de santos ilustres.

 

  Un ámbito virtuoso se construye si queda claro que al cruzar el umbral,  cada uno debe dejar afuera su mazo de cartas marcadas y estar honestamente dispuesto a ejercitar un juego diferente para luego irradiarlo sobre su vida cotidiana:  Y que cuando se retira de ese ámbito saludable a la maraña de la vida cotidiana, asume como un juramento  utilizar los conocimientos adquiridos de sus pares para su sanción, recuperación y fortalecimiento, pero sin  usar el conocimiento sobre las "debilidades" de sus pares para jugarles en contra.

     Si lo pueden los alcohólicos y los demás adictos (con recaídas, a veces), ¿porqué no hemos de poder hacerlo los argentinos, con todas las virtudes y fortalezas que también tenemos?  El "cable a tierra" ayuda a que el stress que nos genera esta forma de vida, sumado al stress por vivir de un modo diferente, no terminen por colapsar nuestro sistema, sino que mute hacia una energía positiva.

 

Ni tan tontas ni tan locas

     Dar testimonios honestos y auténticos es otro paso en nuestro esfuerzo por construir una vía saludable:  como el evangelista que canta solo en la plaza sin importarle la burla de la gente, quebrando de este modo el cascarón de su personalidad anterior, o el alcohólico que en su círculo íntimo confiesa sus tristes experiencias.  Tal vez no a tontas y a locas y con menos fanatismo pero con igual convicción.  El testimonio constructivo fortalece e inspira.  Pero también deja expuesto al protagonista y de este modo lo lleva a asumir una actitud más comprometida. 

 

Inclusión razonable

     No discriminar será otro paso posible de dar.  Uno de los desafíos más difíciles para un portador sano o en proceso de sanación es convivir con portadores activos.  Pero si para ingresar a a un grupo de autoayuda es necesaria la confesión y el reconocimiento de la dolencia para encontrar contención; y  compartir un código de honor para permanecer y proyectarse,  en una sociedad no se puede discriminar entre buenos y malos, sanos y enfermos, culpables y virtuosos, ya que se comparten ámbitos y estructuras.

 

     Ésto es lo que hace que nuestra forma de ser sea tan difícil de cambiar, en palabras ideologizadas diríamos que el sistema nos arrastra....

 

     Sin embargo, así como un cáncer primario o una úlcera alguna pueden ser operables pero la salud es algo más amplio y profundo que compromete todo el cuerpo y hasta los valores y la cosmovisión de la persona, la construcción de una sociedad saludable también ha de ser sistémica:.

 

   Las "soluciones finales", también ejercitadas en la Argentina a modo de programa de reorganización nacional han demostrado ser como el falta envido en el truco o como el DDT al que hace referencia Tato Bores:: una artimaña perversa más para querer dominar el juego, no para jugar diferente.

 

     Ejercitar una convivencia saludable sin reinfectarnos recíprocamente y todo el tiempo es el verdadero reto para asumir, sobre todo porque nuestras habilidades para el engaño y autoengaño y el engaño colectivo ya se encuentran grabadas en los genes sociales.  Seguro que están en toda la humanidad, pero aquí adquirieron recombinaciones que los transformaron de recesivos a dominantes..  Pero es un reto por nuestra propia supervivencia y nuestros sueños, como cultura, como sociedad, como país y como familia.

 

Construir paradigmas

 

     Cambiando el paradigma nuestras fortalezas y virtudes tienen la oportunidad de brillar como cuando brillan bajo otros paradigmas en todo el mundo (no necesariamente mejores, pero si, estructuralmente diferentes), de la mano de cientos de miles de compatriotas que huyeron despavoridos de la máquina de picar seres humanos que los había engendrado.

 

 

Y para nosotros, el cambio comienza sembrando...

 

 


  El Equipo Editor

 

 
 

Texto publicado en  INFOHUERTAS Nº 21

 
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